23 mayo 2010

Greenwich

No hay rincón alguno donde me sienta mejor
que en el Ártico de tu cama
extendiendo mis pies hacia el Polo Sur
siguiendo el meridiano que deja tu olor
sobre las olas de tus sábanas.

Mi brazo de almirante explorador
buscando llevarse la gloria de ser el primero
en dar la vuelta a tu globo terráqueo.
Y mientras tanto, tú sugieres susurrando
que tal vez los dos podríamos vivir en el trópico,
yo te pregunto: «pero, ¿para siempre?»,
y tú contestas «es que allí es siempre verano».

Entonces yo no sé qué decirte.
Y tú no dejas de hablar.
Y de callar.
Y yo te miro con avaricia y egoísmo
por que deseo que todo eso que te callas
sea también para mí.

Yo estoy cansado de soñar.
Tú estás cansada de los demás.
Los demás están cansados de vivir
y yo,
que no dejo de mirarte, tumbada sobre la Tierra,
me muero por lanzarme, temerario marinero,
a la mar, y descubrir contigo los secretos de la muerte.

Ahora cierra los ojos que te voy a morir un poquito más.
Y cuando despiertes, me odiarás un otro lunes
y cuando dejes de morir del todo,
cuando reconozcas tu adicción a la muerte conmigo,
dejarás de tener sueños de veranos eternos,
descubrirás las estaciones,
dejarás de cansarte de los demás
aunque pidan más de ti,
dejarás de tener ganas de vivir
un instante que no sea junto a mí.

Pero entonces ya será demasiado tarde,
estarás perdida
yaciendo en el fondo del mar de mi felicidad.

No hay comentarios: